jueves 17 de julio de 2008

NUEVO LIBRO A LA VENTA! : "Una historia de Anguita: el pueblo y su entorno"

"Este libro ofrece la historia completa de un pueblo emblemático de la Serranía del Ducado: ANGUITA es un espacio cubierto de pinares, de altos páramos y curiosos entornos naturales, en cuyo territorio existió una densa población celtibérica que ha dejado huellas singular es en forma de castros, necrópolis, campamentos, dólmenes, y un largo etcétera de sitios. La historia antigua se complementa con la medieval, y con épocas sucesivas que son referidas por el autor con gran cantidad de datos y enorme sencillez y claridad. Se ofrece también una descripción amenizada de multitud de grabados del patrimonio cultural de Anguita: la iglesia, las ermitas, la torre medieval, los espacios naturales, las fiestas y un largo etcétera de cuestiones que hacen de este libro una auténtica enciclopedia sobre Anguita, la villa serrana que desvela aquí sus misterios y sus encantos, dispuesta siempre a su visita".
Reseña de la solapa
PVP: 20 €
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miércoles 16 de julio de 2008

Una "caída" controvertida

“El Turco si nos tomare Sisak,
todo nos los pondrá patas arriba,
la ciudad de Ljubljana será campo,
una provincia turca la Carniola”.
Romance popular esloveno (siglo XVI)

Vivimos en la era de la información y de la informática. Los más variopintos, e inverosímiles, rumores nos son accesibles virtud de un tic en el teclado, un movimiento del ratón o un rato de televisión o radio. Sin embargo, de no ser que alguno de nosotros sea un veraneante de Marbella o Formentera, o un vecino de la Moraleja, acontecerá muy difícil que en estos medios se hable de nosotros, a diferencia de lo que sucede, por dinámica y esencia, con los rumores callejeros de vecindario. Con el alzamiento de la familia nuclear frente a la de parentesco, las relaciones íntimas se estrechan, cuasi sobrenaturalmente. Los amigos ocupan lugares en los que otrora estuvieran nuestros primos, y los abuelos disponen de mayor ocio, que el de cuidar de sus nietos. Poca duda cabe de que nuestros conocimientos acerca de la vida de quienes nos rodean es ínfimamente peor al que tuvieran, de sus vecinos, nuestros abuelos y más remotos ascendientes. Para la ciencia de la historia, una fuente de inexcusable valor, precisamente, son estos “rumores”. Y es que, no sólo de pergaminos, libros, documentos, bulas y archivos vive el historiador, profesional o aficionado. Fuentes que nos remiten al pensar, y a las preocupaciones, de la vida cotidiana del pueblo que medrara por aquellos tiempos, acostumbran a ser, cuanto menos, de igual o mayor valor que las fuentes más “estandarizadas”. Un fenómeno que es de especial interés contrastar con las gentes que lo sufrieron, bien podría ser la Caída de Constantinopla.

Para el común del gran público, no existe mayor información que la que se publica en los medios "oficiosos" u "oficiales", o lo que no necesariamente es lo mismo, masificados. La Caída de Constantinopla en no pocas ocasiones ha sido vista como el final de la Edad Media, y principio del Mundo Moderno; el fin del último bastión cristiano en Oriente y el auge del endemoniado enemigo turco. Son muy escasos, por no decir inexistentes, quienes se atreven a reflexionar sobre otras posibles versiones de fenómenos, que como éste, son muchas veces tergiversados, e incluso, politizados.

Para enjuiciar la situación, de forma irremediablemente sensacionalista, por definición, humana, siempre nos fijamos en una Constantinopla esplendorosa donde prosperaba el comercio y las diferentes culturas a la sombra de la maravillosa Santa Sofía. Desde una óptica “occidental”, no turca (aunque no sea por definición), es una herejía decir que la conquista otomana revitalizó la antigua capital devolviéndole una vida que acaso había perdido desde los tiempos del gran Basilio. Nadie se atreverá a ver a la antigua Bizancio como un obstáculo para la eficiencia del comercio en el ámbito turco. Nadie se centrará en los “piratas” e inconvenientes que desde las murallas de Constantinopla debieron de crearse a las, cada vez más prósperas, flujos de comunicación otomanos.

El Conquistador, Mehmet, no fue, en ningún caso, un asesino sangriento. Claro que debieron haber muertes, como en todo conflicto bélico, sin excepción, más aún en un duelo de la intensidad de un asedio. Sin embargo, no podemos obviar que Mehmet no exilió a la población originaria de la capital, permitiendo que siguiera, la mayoría, en sus puestos laborales; llegando, incluso, a adoptar como consejeros a miembros de la antigua corte bizantina. Según qué parámetros se utilicen, el Estambul otomano preservó más características de la antaño próspera Bizancio que cualquier otra cultura sobre la faz de la Tierra. Trascendiendo a la Religión, de forma equivalente a lo que sucede con los conflictos actuales, la lucha entre cristianos y turcos tuvo más de económico que de ideológico.

Si con la Caída (Conquista, según se enseña en Turquía) de Constantinopla no se exiliaron la mayor parte de los antiguos habitantes griegos de la ciudad, sí que lo harían como consecuencia del conflicto greco-turco de primeros del Siglo XX, siendo el creador de la patria turca, Atatürk, quien promovió una “Turquía para los turco” echando a los griegos a Grecia y éstos a sus turcos. Corroborando tal hecho, debe decirse que Mehmet no se consideró así mismo como alguien ajeno a la tradición romana, llegándose a considerar, en un primer momento, sucesor de los Emperadores del Imperio. Obviamente Europa no lo vería con buenos ojos, si bien, ¿alguien puede sostener que fueron los bizantinos, anteriormente, vistos como hermanos por las gentes del Occidente europeo?

Obviamente no. Si Constantinopla “cayó” fue en buena parte por la desidia y desentendimiento de las grandes potencias europeas de la época (Alemania, Castilla, Francia o la propia Rusia). Según qué región las simpatías se identificarían con una u otra posición. Así, el agravio griego de principios del pasado siglo se identificó con el sueño de reconquistar Constantinopla (en Grecia, se conserva la expresión, equivalente a “cobardica”, de decir: ¿Así vamos a reconquistar Constantinopla?) y los países eslavos identificaron la caída bizantina con el final de un gran aliado frente al nuevo invasor turco. La resistencia hacia los otomanos sería una de los factores de mayor relevancia para la configuración de los actuales Balcanes, pero eso, bien lo saben, es ya otra historia.

domingo 13 de julio de 2008

El futuro del fútbol

Todo lo que resulta o puede resultar rentable acostumbra a ser objeto de deseo por parte de quines manejan las finanzas. De hecho, el poderío económico de las élites empresariales, en no pocas ocasiones, es resultado de una acertada política especuladora en relación con aquellos valores, o recursos, que en un futuro están predestinados a generar ganancias a, comparativamente, ínfimo coste. El desembarco de las grandes firmas bancarias en el mercado inmobiliario español ha sido una gran muestra, al igual que la privatización de las grandes compañías energéticas y de comunicaciones o, más recientemente, la inversión en equipos de fútbol.

Dentro de las conocidas como “páginas sepia” de “El País”, este domingo, día 13 de julio, me ha llamado mucho la atención el artículo: “Los 'tiburones' se ponen las botas” escrito por David Fernández. Con motivo de la entrada en escena del “magnatísimo” Juan Villalonga, tomando el control del Valencia C.F., este interesantísimo reportaje repasa el panorama futbolístico actual, en cuanto a lo que a su vertiente económico, especuladora, se refiere.

De este artículo me gustaría destacar dos cifras. En primer lugar, el dato de que: “de los 20 clubes más ricos, la mitad está inmerso en alguna operación relacionada con la construcción de un nuevo campo o la ampliación del actual. El Valencia es uno de ellos”. En segundo lugar, las plusvalías conseguidas por algunas personalidades, con la compraventa de las acciones de ciertos clubes de fútbol (véanse los 75 millones de libras pagados por el magnate uzbeko Alisher Usmanov, con el afán de conseguir el 14,65% del Arsenal (cifra que debe compararse con las 300.000 libras que pagó su anterior propietario, David Dein, por el control de este club). Más de la mitad de los equipos de la Premier League (Liga inglesa de fútbol profesional) se halla bajo el control de manos foráneas. El fútbol, hoy más que nunca, es un negocio. Un reducto que ha conseguido configurarse como una suerte de canal “franco” en el que la corrupción y el blanqueo de capitales están ganando influencia.

El fútbol se halla ante una vital encrucijada. Por un lado están aquellas gentes que disfrutan viendo el deporte en sí mismo, fueren infantes de pocos años o veteranos entrados en carnes. Dentro de un segundo grupo están aquellos radicales, que identifican al club como suyo, muestra de sus ideales y sentimientos, por definición exclusivos y excluyentes frente al resto. En tercer lugar, visto lo visto, se está configurando el ínfimo, en cantidad, grupo de quienes ven en el fútbol un recurso, un mercado ansío de especulación e inversión en terreno, capital o, mejor dicho, simple dinero.

Clubes históricos, detentadores de pródigas canteras deportivas, se hunden, o reducen su importancia, ante gigantescos capitales que ven en el negocio, no un tipo de deporte o entretenimiento, sino ante todo, un negocio. En España podría verse el binomio: Sporting de Gijón v.s. Villareal, en Europa el formado por Chelsea v.s. Estrella Roja, Partizán, o Steaua de Bucarest, en el mundo, muy significativamente, la Bundesliga alemana frente a la Premier inglesa.

Dentro de este pródigo artículo, arriba citado, se explica cómo los clubes alemanes, en su mayor parte, se basan en una estructura de “propiedad comunal” (tan típica, después de todo, del derecho germánico) y no en sociedades anónimas de posible apropiación privada. En Alemania el fútbol sigue siendo algo, un tanto deportivo, pese a haber igualmente negocio. De hecho, el diario cita la polémica existente en la nación germana referente a si debe admitirse, o no, la entrada de capitales privados en la Bundesliga, con el afán de impedir que siga, ésta, perdiendo peso relativo frente a los clubes de Inglaterra. España, como en tantas otras cosas, es un “tertium genus”, pues frente a algunas sociedades anónimas deportivas, como el Betis, el propio Valencia o el Deportivo de la Coruña, siguen existiendo algunos clubes deportivos profesionales, “ajenos” (por más que se empeñen su directivos actuales) a la propiedad privada. Nada más, ni nada menos, que se trata del Osasuna, el Atletic de Bilbao, el Real Madrid y el F.C. Barcelona.

¿Cuál es el camino a seguir? es una repuesta de difícil solución. Creo que todo depende, en no poca medida, de cómo sean de fuertes los ingleses en orden a conservar uno de sus mayores tesoros “culturales”, o al menos, comparativamente más relevantes. En sus manos está “reinventar” el balompié, o devolver a este deporte su consideración como tal. Dudo de que la propia Bundesliga, la Liga Española, o las ligas Italiana, Griega o Turca se resistan a los grandes capitales, si es que se ven privadas de buenos jugadores y negocios. Un ejemplo final, el poderosísimo George Soros, paladín del “Imperio Oscuro” (que dirían algunos) de los Rothschild, ya es accionista del Galatasaray, e intenta hacerse con el control de la Roma; ¿qué es lo más conveniente para nuestro deporte rey? ¿qué es lo más rentable en términos económicos? La pelota está en juego, valga la gracia barata, no habiendo tenido jamás la expresión “tanto” significado.
WEBS CLAVE:
  • Primera imagen: "MCCHORD AIR FORCE BASE" de LANCE S. CHEUNG, MSGT, USAF.
  • Segunda imagen: " Harrow School Footer Field aquarelle d'après un dessin de Walter Cox." de Thomas M. Hemy (1852-1937).

sábado 12 de julio de 2008

Nacionalista a tiempo partido

Cada cual tiene sus miedos, manías, odios y fobias. En cuanto a política se refiere, pocos de cuantos me conocen dudarán de cuán poco es mi amor por el conocido como “nacionalismo catalán”, “catalanismo” según los libros de texto que me ha tocado estudiar durante mi pasada educación elemental. Desde pequeño el asunto ha tenido dentro de mí, por decirlo en palabras un tanto coloquiales, “cierta miga”. Sobre el tema lingüístico tengo alguna que otra experiencia digna de ser contada. Sin querer connotación lúbrica alguna, mi primer contacto con la “lengua” se halla custodiado plenamente nítido entre las neuronas de mi cerebro.

Para un joven de 22 años, el descubrimiento del Mundo no queda, después de todo, tan remoto. Recuerdo cómo paseando por las calles de Bellvitge llegaba a girarme, sorprendido, cuando veía a alguien hablando catalán por la calle. Yo pensaba, pues a si me lo inculcaban, que se trataba de una lengua para utilizar sólo en clase, ya que fuera de la escuela, poco o nada la había escuchado. Con el paso del tiempo la “extranjería” del asunto, dentro de mi propia tierra, se expandiría a los dibujos animados, los libros de la escuela, los documentos oficiales, y con algún año más, a los panfletos y discusiones políticas. Nada más crudo que la realidad, desde pequeño puedo empezar a comprender que, como en cualquiera de los múltiples barrios obreros que mantienen viva la economía de Cataluña (al igual que en cualquier otra gran región industrializada), la gente es tratada con cierta vocación de pastor de corderos.

En todo cortijo grande se requieren borricos y borregos, y un corral en el que criarlos, ¿quién iba sino a llevar la carga y dejarse esquilar? ¿Quién iba a trabajar en la construcción, en los taxis, con contratos mileuristas o “hazañas” dignas de poca honra? Ante la indiferencia, cada día “menos total”, de quienes me rodean, Cataluña se rompe cada vez más en dos, o simplemente, quizá, cosas de la vida, fuere que estoy madurando, de una vez, a marchas forzadas.

Desde la etología (ciencia que estudia el comportamiento animal) se han propuesto soluciones científicas al nacionalismo. Según defendiera W.D. Hamilton (basándose en Darwin o en el nobel Konrad Lorenz), “la disposición a la identificación con el grupo y a la rivalidad podrían ser un residuo (…), algo que debería comprenderse como un elemento que un día fue conducente a la supervivencia de los genes”. Dentro de la teoría de Hamilton destacaría el concepto de “aptitud incluyente”, es decir, un factor que vendría a combinar la aptitud personal con el parentesco, y que sería la base lógica, y científica, del por qué el nacionalismo y, correlativamente, el tribalismo que le define. Definitivamente, virtud del concepto aquí explicado, la contingencia abandona la biología para medrar en los contornos de la sociología, economía, derecho y demografía. El “asunto nacionalista” dista mucho de ser fácil de resolver, o comprender, más si se tiene en cuenta que por razones biológicas, jamás un ser humano podrá ser neutral al respecto.

Bajo mi punto de vista, para el “caso catalán” los grupos, a grandes rasgos, estarían muy bien estructurados. Por un lado la burguesía catalana y asimilados (unos, partidarios de la “Gran España”, por negocios, otros de la “Pequeña Cataluña”, por frustración). Subyugados a éstos estarían los eternos “ascensores” (gente que sempiternamente intenta ser reconocida “por los que mandan”), los obreros (sustento del actual sistema económico, de los cuales ya hemos hablado), y más recientemente, los inmigrantes (gente de igual función que los anteriores, sólo que eternamente condenados al enfrentamiento con éstos, por defender un mismo “nicho social”, pero con diferentes condicionantes psicológicos, culturales, emotivos). Si se piensa bien, el nacionalismo es un mecanismo de protección del individuo frente al resto, irracional como el que más.

El nacionalismo tiene una vertiente folklórica, gastronómica, artística y costumbrista, no falta de interés y belleza. Por otra parte, el nacionalismo es autoafirmación del individuo en sus convicciones, en aquello que le fue inculcado desde la cuna, en defensa de su tribu, su grupo social, su “pandilla de primates”. Tal vez sea el momento de intentar separar las dos vertientes de nuestro Mundo: Caos-Orden, Razón-Incertidumbre, binomio fundacional de nuestro Cosmos y de todo lo que en él se manifiesta. Reflexionen sobre si egoísmo, individualismo, romanticismo, nostalgia, tradición, lengua materna, “historia común”, señas y banderas etc, no son partes de un mismo campo semántico, el del nacionalismo, el de lo diferente frente al resto.

¿Una nueva forma de comprender cómo se autoafirman, nacionalmente, países como los de Asia Central al saber de sus hidrocarburos? ¿Una forma de “legitimar” las clases sociales? ¿Una manera de ver el cártel de las compañías petroleras y servidumbre del resto del globo? Por mi parte sigo siendo nacionalista, como cualquier otro, sólo que intento llevarlo en secreto, negarlo, atacarlo como cualquier otra manifestación de mi vertiente irracional, ¡aunque a veces deba aparecer en forma de Selección, equipo o bandera, con el sino de reconfortarme en mi autoafirmación y resistencia frente a la tiranía, excluyente, de las ideas avaras de quienes nos intentan gobernar, a golpe de panfleto y educación politizada!

jueves 10 de julio de 2008

Memorias de un joven de veintidós años (Primera Parte)

Supongo que ahora estará en su sofá sentado, quién sabe si de viaje en el tren, o leyéndome en una librería, en un café, en un chiringuito de la playa, o sentado en su hamaca aprovechando que su compañero, o compañera, ha abandonado su sitio para pedirse un mojito, ocasión única para saber qué libro está leyendo. Quizá el título le ha haya picado la curiosidad, la nariz se le haya ruborizado por tan peculiar descubrimiento, rapiña, coge, e incluso disfruta con la experiencia de ojear este libro, y sigue a estas palabras, que lejos de mayor pretensión, buscan querer entretenerle para que me siga leyendo.

Querido lector, yo soy el autor que le habla, a través de este libro. Entablemos un pacto de caballeros, una relación “face to face”, pues, bien sabe usted que el escribir y el leer son verbos que se caracterizan por practicarse individualmente. De gustarle más o menos estas líneas depende del éxito de que me siga leyendo. Seamos sinceros. Por lo que debiera pensarme un mecanismo por el que captar su interés. ¡Qué se yo si una confesión, un rumor, una historia o un “chupicheo”!

Seguramente se haya preguntado qué tiene que decir un joven de veintidós años. Qué puede contarle, un ayer infante, pretendiendo captar su interés y potencial de reflexión. Sinceramente, creo que si le dijera la verdad conseguiría decepcionarle… De hecho, los grandes miedos a los que debe hacer frente quien escribe unas “memorias” son los siguientes: no saber qué información será de interés contar y, aún más “embarazoso”, que dirían los anglosajones, qué cosas pueden contarse, y cuáles no.

Usted podrá contribuir a ayudarme al respecto. Supongo que ser leído por un número aceptable de lectores, valga la redundancia, sería exponencialmente proporcional al miedo que me da el haber contado algo que no debía. Para una mente positivista, monetaria, utilitarista, y a veces mezquina, como la mía, tener la satisfacción de haber engañado a muchos lectores con la compra de este libro es un premio que compensa, con creces, el haber vulnerado, con toda dureza, los ámbitos más vedados de mi intimidad.

Una de las preguntas que le vendrán, con mayor frecuencia, a la mente del lector es la de porqué me he inmerso en esta labor, teniendo otras ocupaciones, y siendo, a duras penas, mayor de los dieciocho años. Creo poder responder con cierto éxito a la eventual pregunta. Escribió Josep Pla que el buen escritor no puede dormir sin haber escrito antes algunas líneas. Como dijera Picasso, debe esperarse a la musa de la inspiración, pero que, a poder ser, ¡ésta te pille trabajando! A lo que Picasso entendió como “trabajar” yo le aplicaré el significado, para mi circunstancia personal, de ganduleo. ¡Qué le vamos a hacer! La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
Continuará.... ? Quizás en otro momento ;-)
  • Cuadro: "The Writing Master" by Thomas Eakins

domingo 6 de julio de 2008

El águila

Existen animales dignos de alegoría, seres que dan rienda suelta a la imaginación, potenciales partícipes de bestiarios, fueren éstos medievales, griegos o individuales de nuestros contemporáneos. El hombre tiende a construir su mundo psicológico y subconsciente en torno a los elementos que le rodean: sean elementos, fuerzas físicas, fenómenos meteorológicos, plantas o animales. Parodiando al “cuento” de Monterroso, cuando el primer hombre despertó, los animales ya estaban allí. Un ser, racional por naturaleza, debió comenzar a preguntarse respecto a todo lo que le rodeaba, si esto o aquello era apto para ser comido, disfrutado, alabado o matado. Quizá, dependiendo de la satisfacción de sus necesidades últimas (nutrición-relación-reproducción), llegaría a indagar más en sus últimas inquietudes, qué hacía esa bestia o vegetal compartiendo esa tierra, ese cielo y esa agua, o lo que es lo mismo, cuál iba a ser la esencia-finalidad que fijaría el papel de lo observado y de él mismo, respecto a éste, a sí mismo y el todo. El juicio consecuente de toda observación relevante debería ser: hacer o no hacer. Actuar (acabando con lo malo, o aprovechándose de lo útil/rico) o dejar pasar al sujeto (por ser sacro, indiferente o, simplemente, bello).

Las rapaces debieron ser sujetos, por antonomasia, “sufridores” de esta contingencia. Para alguien que merodea por los bosques, selvas o sabanas, contemplar el vuelo de un ave rapaz es algo mágico. Se admira cómo un animal puede viajar por los aires sin llegar a ser, a penas, apreciado. El águila, azor, buitre, cóndor o zopilote vuela oteando, siendo, a su vez, observado por el ojo humano. Esa sensación de poderío, majestuosidad y efectividad, debieron ser causas últimas por las que el águila sería considerada, hasta el día de hoy, la más majestuosa, y Real, de todas las fieras.

Se conocen pocas, o más bien ninguna, cultura que diera a las águilas un papel dañino, marginal o de alimaña. Todas, o casi todas, fueron alabadas como símbolo de poder, alegoría de cómo el soberano puede observar, analizar y juzgar, sobre las cabezas y derechos de cualquiera de sus subordinados. No faltarían, quienes como los alemanes, los estadoudinenses, los Austrias o los bizantinos, consideraran al águila como escudo del Emperador, de aquél que puede cazar los destinos de todos, siendo soberano, a la vez, del suyo propio. Un acto negativo como la muerte fue sacralizado. El detentador de ésta se deificó por necesidad. El depredador dejó de ser villano para ser admirado.

En el fondo, todo hombre o mujer ha sido, en un primordial momento, estoico. Todo ser de la naturaleza debe de tener un papel que lo defina, y el del águila es el de mandar sobre la fauna del campo, ser ejemplo de poder y dominio. En México ocuparía el escudo, pues fue animal capaz de subyugar a la diabólica serpiente, sobre las espinas de un cactus. En América del Norte, el águila calva demostraba su poder (en fuerza y tamaño) acabando con la vida de peces, aves, roedores y cervatos. Llegarían a existir pueblos que fueran presas de rapaces, al respecto véase a los antiguos maoríes y la gigantesca águila de Haast.

Cada rapaz, como todo animal, tiene un lugar en nuestro intelecto. Dependiendo de nuestras mentalidades ocuparan un lugar u otro en nuestra escala de prioridades y sentimientos. Quizá como correlato último de la esencial naturaleza humana, el águila siempre tiende a identificarse con el Poder, el Rey y el Imperio. Los propios ritos mortuorios han llegado a condicionar la imagen que nuestros ancestros tuvieran de sus rapaces. Testimonios latinos, así como hallazgos en lugares como las ruinas de Tiermes (Soria), nos demuestran que los pueblos de la Meseta hispana (prerromana), sacralizaron al buitre como mensajero de los dioses, animal capaz de llevar al alma del difunto a un lugar en el paraíso de los Cielos.

¿Rapaz o idea aparejada? Dejando lo mágico, morboso, o esotérico del asunto, cada cual de estos adjetivos más infame, los bestiarios (fuere respecto a leones, camellos o rapaces) siempre nos divierten por su originalidad, la belleza de sus dibujos, lo curioso de los pensamientos de quines los dibujaron, pero ante todo, como muestra de cómo el hombre ha conservado unas constantes a lo largo de la historia, definiéndose su mente como algo seleccionado naturalmente, y quién sabe si a nuestra desgracia, sin demasiadas expectativas de poder ser arreglado…
  • De la primera ilustración: "Golden Eagle" de Walter Heubach (German, 1865–1923)
  • De la segunda ilustración: "Vultures" de Lydekker, R. 1895 The Royal Natural History. Volume 4. Frederick Warne and Co. (from www.archive.org)